El
mico, assegut en un pupitre, mira al voltant i es fixa en el seu company, un
elefant enorme.
Es
pregunta com s’ho farà per recollir el llapis amb aquelles potes tan grosses.
Però
quan el mestre els diu que escriguin el seu nom en un full, l’elefant ho fa
agafant el llapis amb la trompa. I el mico creia que ell era més hàbil que el
seu company! Però si escriu pitjor que ell!.
“Les
aparences enganyen”
Dimarts
Visualitzar
el vídeo sobre un jugador de bàsquet amb trets autistes, encarregat del
material del seu equip de l’institut i el seu debut com a jugador:
Dimecres
Llegir
i comentar la següent història.
“Els
dos crancs”.
Un cranc gros i vell i un altre de més petit i
jove sortien sovint junts a passejar.
Anaven per la platja despertant l’admiració de
tothom.
Però un dia, el vell va veure que el seu company
caminava de costat. Quina vergonya anar amb aquest tanoca!
-Perquè no camines com tots els crancs, babau!-
va increpar-lo.
Però l’altre no va dir res, i va limitar-se a
somriure intel·ligentment, però no sabia que el seu amic, sense adonar-se’n,
també caminava de costat.....com tots els crancs!!
“No convé criticar els defectes dels altres,
perquè segurament també els tenim nosaltres”.
Dijous.
Imatge
sobre els prejudicis:
Divendres.
Comentar
el conte i trobar el missatge amagat:
“Els
llençols bruts dels veïns”
Com
cada matí, la Pepa i en Joan es lleven i en obrir la finestra del dormitori
veuen els llençols bruts dels veïns del davant. La Pepa comenta:
-Mira
què són bruts i deixats els veïns del costat, darrerament sempre tenen els
llençols bruts.
Uns
dies més tard en llevar-se veuen que els llençols dels veïns són d’un blanc
radiant.
-Avui
els veïns han fet bugada, tenen els llençols nets.
El
seu marit se la mira i respon, me n’he adonat què els bruts i deixats potser no
són els veïns, els seus llençols sempre han estat blancs. Som nosaltres que
teníem els vidres bruts.
Explicar el mite del rei Mides en castellà i parlar sobre el
què us suggereix.
Érase una vez un rey muy
rico cuyo nombre era Midas. Tenía más oro que nadie en todo el mundo, pero a
pesar de eso no le parecía suficiente. Nunca se alegraba tanto como cuando
obtenía más oro para sumar en sus arcas. Lo almacenaba en las grandes bóvedas
subterráneas de su palacio, y pasaba muchas horas del día contándolo una y otra
vez.
Midas tenía una hija llamada Caléndula. La amaba con devoción, y decía:
"Será la princesa más rica del mundo". Pero la pequeña Caléndula no
daba importancia a su fortuna. Amaba su jardín, sus flores y el brillo del sol
más que todas las riquezas de su padre. Era una niña muy solitaria, pues su
padre siempre estaba buscando nuevas maneras de conseguir oro, y contando el
que tenía, así que rara vez le contaba cuentos o salía a pasear con ella, como
deberían hacer todos los padres.
Un día el rey Midas estaba en su sala del tesoro. Había echado la llave a las
gruesas puertas y había abierto sus grandes cofres de oro. Lo apilaba sobre
mesa y lo tocaba con adoración. Lo dejaba escurrir entre los dedos y sonreía al
oír el tintineo, como si fuera una dulce música. De pronto una sombra cayó
sobre la pila del oro. Al volverse, el rey vio a un sonriente desconocido de
reluciente atuendo blanco. Midas se sobresaltó. ¡Estaba seguro de haber
atrancado la puerta! ¡Su tesoro no estaba seguro! Pero el desconocido se
limitaba a sonreír.
- Tienes mucho oro, rey Midas -dijo. "Sí -respondió el rey-, pero es muy
poco comparado con todo el oro que hay en el mundo." "¿Qué? ¿No estás
satisfecho?" -preguntó el desconocido. "¿Satisfecho? -exclamó el
rey-. Claro que no. Paso muchas noches en vela planeando nuevos modos de
obtener más oro. Ojalá todo lo que tocara se transformara en oro."
"¿De veras deseas eso, rey Midas?". "Claro que sí. Nada me haría
más feliz." "Entonces se cumplirá tu deseo. Mañana por la mañana,
cuando los primeros rayos del sol entren por tu ventana, tendrás el toque de
oro."
Apenas hubo dicho estas palabras, el desconocido desapareció. El rey Midas se
frotó los ojos. "Debo haber soñado -se dijo- , pero qué feliz sería si eso
fuera cierto". A la mañana siguiente el rey Midas despertó cuando las
primeras luces aclararon el cielo. Extendió la mano y tocó las mantas. Nada
sucedió. "Sabía que no podía ser cierto", suspiró. En ese momento los
primeros rayos del sol entraron por la ventana. Las mantas donde el rey Midas
apoyaba la mano se convirtieron en oro puro. "¡Es verdad! -exclamó con
regocijo-. ¡Es verdad!".
Se levantó y corrió por la habitación tocando todo. Su bata, sus pantuflas, los
muebles, todo se convirtió en oro. Miró por la ventana, hacia el jardín de
Caléndula. "Le daré una grata sorpresa", pensó. Bajó al jardín,
tocando todas las flores de Caléndula y transformándolas en oro. "Ella
estará muy complacida", se dijo.
Regresó a su habitación para esperar el desayuno, y recogió el libro que leía
la noche anterior, pero en cuanto lo tocó se convirtió en oro macizo.
"Ahora no puedo leer -dijo-, pero desde luego es mucho mejor que sea de
oro". Un criado entró con el desayuno del rey. "Qué bien luce -dijo-.
Ante todo quiero ese melocotón rojo y maduro." Tomó el melocotón con la
mano, pero antes que pudiera saborearlo se había convertido en una pepita de
oro. El rey Midas lo dejó en la bandeja. "Es precioso, pero no puedo
comerlo", se lamentó. Levantó un panecillo, pero también se convirtió en
oro.
En ese momento se abrió la puerta y entró la pequeña Caléndula. Sollozaba
amargamente, y traía en la mano una de sus rosas." ¿Qué sucede,
hijita?", preguntó el rey. "¡Oh, padre! ¡Mira lo que ha pasado con
mis rosas! ¡Están feas y rígidas!". "Pues son rosas de oro, niña. ¿No
te parecen más bellas que antes?". "No -gimió la niña-, no tienen ese
dulce olor. No crecerán más. Me gustan las rosas vivas". "No importa
-dijo el rey-, ahora toma tu desayuno". Pero Caléndula notó que su padre no
comía y que estaba muy triste. "¿Qué sucede, querido padre?",
preguntó, acercándose. Le echó los brazos al cuello y él la besó, pero de
pronto el rey gritó de espanto y angustia. En cuanto la tocó, el adorable
rostro de Caléndula se convirtió en oro reluciente. Sus ojos no veían, sus
labios no podían besarlo, sus bracitos no podían estrecharlo. Ya no era una
hija risueña y cariñosa, sino una pequeña estatua de oro. El rey Midas agachó
la cabeza, rompiendo a llorar. "¿Eres feliz, rey Midas?", dijo una
voz. Al volverse, Midas vio al desconocido. "¡Feliz! ¿Cómo puedes
preguntármelo? ¡Soy el hombre más desdichado de este mundo!", dijo el rey.
"Tienes el toque de oro -replicó el desconocido-. ¿No es
suficiente?". El rey Midas no alzó la cabeza ni respondió. "¿Qué
prefieres, comida y un vaso de agua fría o estas pepitas de oro?". El rey
Midas no pudo responder. "¿Qué prefieres, oh rey, esa pequeña estatua de
oro, o una niña vivaracha y cariñosa?". "Oh, devuélveme a mi pequeña
Caléndula y te daré todo el oro que tengo -dijo el rey-. He perdido todo lo que
tenía de valioso." "Eres más sabio que ayer, rey Midas -dijo el
desconocido-. Zambúllete en el río que corre al pie de tu jardín, luego recoge
un poco de agua y arrójala sobre aquello que quieras volver a su antigua forma.
El rey Midas se levantó y corrió al río. Se zambulló, llenó una jarra de agua y
regresó deprisa al palacio. Roció con agua a Caléndula, y devolvió el color a
sus mejillas. La niña abrió los ojos azules. Con un grito de alegría, el rey
Midas la tomó en sus brazos. Nunca más el rey Midas se interesó en otro oro que
no fuera el oro de la luz del sol, o el oro del cabello de la pequeña
Caléndula.
Audició de la cançó de música
clàsica, que pertany a la banda sonora de la llista de Schinder. Pel·lícula que
parla d’un empresari alemany que va salvar moltes persones jueves de morir sota
el règim nazi. Al acabar l’audició es pot preguntar què els ha suggerit la
cançó.
B
S O La lista de Shindlers 4,
16
Dimarts
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la següent imatge sobre la justícia.
Dimecres
Explicar
el següent conte sobre la justícia:
Había una vez un
poderoso rey que tenía tres hijos. Dudando sobre quién debía sucederlo en el
trono, envió a cada uno de ellos a gobernar un territorio durante cinco años,
al término de los cuales deberían volver junto a su padre para mostrarle sus
logros. Así marcharon los
tres, cada uno a su lugar, alegres por poder ejercer como reyes. Pero al llegar
descubrieron decepcionados que tan sólo se trataba de pequeñas villas con un
puñado de aldeanos, en las que ni siquiera había un castillo. - Seguro que a mis
hermanos se les han dado reinos mayores, pero demostraré a mi padre que puedo
ser un gran rey - se dijo el mayor. Y juntando a los pocos habitantes de su
villa, les enseñó las artes de la guerra para formar un pequeño ejército con el
que conquistar las villas vecinas. Así, su pequeño reino creció en fuerza y
poder, y al cabo de los cinco años había multiplicado cien veces su extensión.
Orgulloso, el joven príncipe reunió a aquellos primeros aldeanos, y viajó junto
a su padre. - Seguro que a mis
hermanos se les han dado reinos mayores; sin duda mi padre quiere probar si
puedo ser un gran rey - pensó el mediano. Y desde aquel momento inició con sus
aldeanos la construcción del mayor de los palacios. Y tras cinco años de duro
trabajo, un magnífico palacio presidía la pequeña aldea. Satisfecho, el joven
príncipe viajó junto a su padre en compañía de sus fieles aldeanos. - Seguro que a mis
hermanos se les han dado reinos mayores, así que la gente de esta aldea debe de
ser importante para mi padre - pensó el pequeño. Y resolvió cuidar de ellos y
preocuparse por que nada les faltara. Durante sus cinco años de reinado, la
aldea no cambió mucho; era un lugar humilde y alegre, con pequeñas mejoras aquí
y allá, aunque sus aldeanos parecían muy satisfechos por la labor del príncipe,
y lo acompañaron gustosos junto al rey. Los tres hermanos
fueron recibidos con alegría por el pueblo, con todo preparado para la gran
fiesta de coronación. Pero cuando llegaron ante su padre y cada uno quiso
contar las hazañas que debían hacerle merecedor del trono, el rey no los dejó
hablar. En su lugar, pidió a los aldeanos que contaran cómo habían sido sus
vidas. Así, los súbditos
del hijo mayor mostraron las cicatrices ganadas en sus batallas, y narraron
todo el esfuerzo y sufrimiento que les había supuesto extender su reino. El
hermano mayor sería un rey temible, fuerte y poderoso, y se sentían orgullosos
de él. Los súbditos del
mediano contaron cómo, bajo el liderazgo del príncipe, habían trabajado por la
mañana en el campo y por la tarde en la obra para construir tan magnífico
palacio. Sin duda sería un gran rey capaz de los mayores logros, y se sentían
orgullosos de él. Finalmente, los
súbditos del pequeño, medio avergonzados, contaron lo felices que habían sido
junto a aquel rey humilde y práctico, que había mejorado sus vidas en tantas
pequeñas cosas. Como probablemente no era el gran rey que todos esperaban, y
ellos le tenían gran afecto, pidieron al rey que al menos siguiera gobernando
su villa. Acabadas las
narraciones, todos se preguntaban lo mismo que el rey ¿Cuál de los príncipes
estaría mejor preparado para ejercer tanto poder?
Indeciso, y antes de tomar una decisión, el rey llamó uno por uno a todos sus
súbditos y les hizo una sola pregunta: - Si hubieras tenido
que vivir estos cinco años en una de esas tres villas, ¿cuál hubieras elegido? Todos, absolutamente
todos, prefirieron la vida tranquila y feliz de la tercera villa, por muy
impresionados que estuvieran por las hazañas de los dos hermanos mayores. Y así, el más
pequeño de los príncipes fue coronado aquel día como el más grande de los
reyes, pues la grandeza de los gobernantes se mide por el afecto de sus
pueblos, y no por el tamaño de sus castillos y riquezas.
Dijous
Comenta les següents frases sobre la justícia: “Quan un home demana justícia és que vol que li donin la raó” Santiago Rossinyol “L’Absolució del culpable és la pena del jutge”. Publio Siro
Divendres
La
rana Renata era la mejor cocinera de los pantanos y a su selecto restaurante
acudían todas las ranas y sapos de los alrededores. Sus "moscas en salsa de
bicho picante" o sus "alitas
de libélula caramelizadas con miel de abeja" eran delicias que
ninguna rana debía dejar de probar, y aquello hacía sentirse a Renata
verdaderamente orgullosa.
Un día, apareció en su restaurante Sopón dispuesto a cenar. Sopón era un sapo
grandón y un poco bruto, y en cuanto le presentaron los exquisitos platos de
Renata, comenzó a protestar diciendo que aquello no era comida, y que lo que él
quería era una buena hamburguesa de moscardón. Renata acudió a ver cuál era la
queja de Sopón con sus platos, y cuando este dijo que todas aquellas cosas eran
"pichijiminadas", se sintió tan furiosa y ofendida, que sin mediar
palabra le arreó un buen sartenazo.
Menuda
trifulca se armó. A pesar de que Renata enseguida se dio cuenta de que tenía
que haber controlado sus nervios, y no dejaba de pedir disculpas a Sopón, éste
estaba tan enfadado, que decía que sólo sería capaz de perdonarla si él mismo
le devolvía el sartenazo. Todos trataban de calmarle, a sabiendas de que con la
fuerza del sapo y la pequeñez de la rana, el sartenazo le partiría la cabeza. Y
como Sopón no aceptaba las disculpas, y Renata se sentía fatal por haberle dado
el sartenazo, Renata comenzó a hacer de todo para que le perdonara: le dio una
pomada especial para golpes, le sirvió un exquisito licor de agua de charca e
incluso le preparó.. ¡una estupenda hamburguesa de moscardón!
Pero Sopón quería devolver el porrazo como fuera para quedar en paz. Y ya
estaban a punto de no poder controlarle, cuando aparecio un anciano sapo
caminando con ayuda de unas muletas. - Espera Sopón-dijo
el anciano- podrás
darle el sartenazo cuando yo te rompa la pata. Recuerda que yo llevo muletas
por tu culpa.
Sopón se quedó paralizado. Recordaba al viejo que acababa de entrar. Era
Sapiencio, su viejo profesor que un día le había salvado de unos niños
gamberros cuando era pequeño, y que al hacerlo se dejó una de sus patas.
Recordaba que todo aquello ocurrió porque Sopón había sido muy desobediente,
pero Sapiencio nunca se lo había recordado hasta ahora...
Entonces Sopón se dio cuenta de que estaba siendo muy injusto con Renata.
Todos, incluso él mismo, cometemos errores alguna vez, y devolver golpe por
golpe y daño por daño, no hacía sino más daño . Así que, aunque aún le dolía la
cabeza y pensaba que a Renata se le había ido la mano con el sartenazo, al
verla tan arrepentida y haciendo de todo para que le perdonase, decidió
perdonarle. Y entonces pudieron dedicar el resto del tiempo a reirse de la
historia y saborear la rica hamburguesa de moscardón, y todos estuvieron de
acuerdo en que aquello fue mucho mejor que liarse a sartenazos.
“
Tan sols una cosa converteix en imposible un sommi: La por a fracassar”.
Dimarts
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Dimecres
Escoltar la cançó de Lluís Llach
“Cal que neixin flors a cada instant” 2:59
Dijous
Llegir i comentar la frase de
Buda:
“ L’odi no disminueix amb més
odi. L’odi disminueix amb AMOR”
Divendres
Explicar el següent conte sobre
el significat de la fe. Explicat en llengua Castellana.
“El Secreto de Juan”.
El Remanso era un
pueblo pequeño y alejado de la ciudad. No tenía muchos habitantes y menos
riquezas aún.
Quienes allí vivían, eran personas humildes que trabajaban la
tierra.
Sus vidas transcurrían medianamente tranquilas excepto en las
épocas de grandes lluvias, donde todo parecía volverse un gran caos.
Ese año particularmente la época de inundaciones fue aún peor
de lo acostumbrado. Llovía sin parar, por lo que el río crecía más
de lo que el pueblo podía resistir. Mucha gente perdió su casa, algunos
enfermaron, otros tuvieron que sacrificar sus animales, nadie podía estar feliz
y realmente nadie lo estaba.
Sin embargo, Juan nunca había perdido su sonrisa, ni en los
peores días, donde parecía que el viento y el agua se ensañaban con El Remanso,
cosa que en el pueblo nadie terminaba de entender.
Juan nunca bajaba los brazos, siempre tenía una palabra de
aliento para todos. No era que a él le fuese mejor que a los demás, también sus
tierras estaban perjudicadas por el agua, pero de alguna manera, Juan se las
arreglaba para seguir sonriendo.
– ¡Es un insensible! – decían unos.
– Ha de estar loco para sonreír sin motivos – comentaban
otros
– Algo oculta para sonreír tanto, hay algo que no nos dice,
algo que nos está escondiendo a todos – pensaban algunos.
Así fue que se instaló en el pueblo el rumor acerca del
secreto de Juan.
Los rumores crecen rápido en los pueblos y la gente suele
creerlos fácilmente. No se detienen a pensar si puede ser cierto o no, la
mayoría lo cree y no pregunta nada más.
Juan era un hombre solitario que vivía rodeado de animales de
granja y mascotas. Era humilde y su vivienda también. Nadie la conocía, pues
nadie había querido entrar a esa pequeña casa donde para muchos, se guardaba el
gran secreto.
Cuando la gente se quejaba porque llovía mucho, Juan
contestaba:
– Va a parar, no se preocupe, ya va a parar.
Decía las cosas con una seguridad que nadie podía comprender,
que dejaría de llover o que la cosecha no se arruinaría por completo, que las
personas mejorarían de las enfermedades que provocaban las inundaciones,
todo parecía tener solución para él.
– ¿Cómo hace para saber que no moriremos ahogados? Se
quejaban algunos.
– Ni que tuviera la bola de cristal y pudiese adivinar el
futuro – pensaban otros.
– Algo tiene en su casa que hace que sepa estas cosas y que
hable con la seguridad que habla. Por algo sonríe siempre, porque conoce qué va
a pasar y por eso no se preocupa anticipadamente. Hay algo escondido allí que
le da el poder de sonreír pase lo que pase – Comentó otro muy seguro de lo que
decía.
Nadie se preocupó en preguntarle a Juan porque siempre veía
las cosas en forma más positiva que los demás, porque no dejaba de luchar,
porque no se quejaba. Fue más fácil creer que tenía oculto en la casa que le
daba esa especie de poder.
Unos pocos, tan sólo unos pocos, pensaban que Juan tenía algo
especial, pero no escondido, sino dentro de sí que no es lo mismo y ya veremos
que tan equivocados no estaban.
Mientras tanto, Juan
seguía luchando, curaba a sus animales, animaba a la gente, rescataba todo lo
que podía de lo que había cosechado, protegía el resto. Trabajaba intensamente
todo el día, pero jamás faltaba un consuelo, una palabra bonita y por supuesto,
tampoco su sonrisa.
Las lluvias no cesaban, la situación era muy complicada
y todos estaban desesperados. Cansados ya de ver que Juan no cambiaba su
actitud, decidieron entrar en su casa para ver qué escondía, qué era aquello
que le daba el poder de pensar siempre bien, de seguir adelante, de no dejar de
sonreír.
Esperaron que hiciera su paseo acostumbrado a la orilla del
río, porque aunque lloviese a cántaros, Juan lo hacía igual y entraron en su
humilde vivienda a revisar hasta el último de los rincones. Esperaban encontrar
una pócima mágica, algún elixir, algún elemento de brujería, pero nada
hallaron.
Por más que buscaron y buscaron, nada encontraron.
Desilusionados y más desorientados aún, salieron de la casa,
preguntándose entonces cuál era el secreto y dónde estaba.
Ese día Juan regresó antes de lo acostumbrado de su paseo,
por lo que llegó justo para cuando sus vecinos abandonaban su casa. No preguntó
nada.
Avergonzados, los hombres trataron de dar cuanta excusa se
les ocurrió para la visita sin aviso. Hablaban todos al mismo tiempo, con
idéntica vergüenza y nerviosismo. Ninguno se animaba a decir la verdad.
Juan escuchaba, pero no entendía. Sonriendo como siempre,
esta vez sí preguntó:
– ¿Buscaban algo? ¿En que los puedoayudar?
Finalmente, uno de los vecinos se animó y le dijo toda la
verdad, que nadie entendía cómo jamás bajaba los brazos, que menos aún
comprendían porque no dejaba de sonreír aunque las cosas no estuviesen bien.
Agregó que todos, o casi todos, en el pueblo estaban desconcertados con su
actitud y que ellos creían que algo escondía en su casa que lo hacía ser como
era.
– Lo que buscaron – dijo Juan – no se encuentra arriba de un
estante, sobre una mesa o guardado en un ropero.
Todos escucharon con atención, pensando en qué lugar
recóndito de la casa habría escondido el gran secreto.
– Han buscado algo que llevo dentro de mi, algo que no tiene
forma, ni color, pero que tiene una fuerza muchísimo más grande de la que Uds.
puedan imaginar.
Cansados de no entender, volvieron a preguntar cuál era el
secreto que tan atesorado guardaba Juan.
– No guardo ningún secreto – dijo muy tranquilo Juan-
lo que tengo dentro de mi pueden tenerlo todos, sólo hay que sentirlo.
– ¿De qué se trata entonces? Preguntó uno de los vecinos casi
enfurecido.
– De Fe, de eso se trata, ni más ni menos que de tener Fe.
Todos lo escuchaban sin entender demasiado pero con un
creciente interés.
– La fe es la que nos hace creer que todo se puede, incluso aquellas cosas que
parecen imposibles. La fe nos hace fuertes, alegres, nos permite sonreír en
medio de los problemas, con la seguridad que pronto se solucionarán. La fe nos
sostiene y hace nuestra vida mejor, sea cual sea la vida que nos ha tocado
vivir.
– Con razón… -balbuceó uno- … la sonrisa….
Juan prosiguió:
– La fe es imprescindible para vivir mejor, porque a través
de la fe creemos, crecemos, no nos dejamos abatir por los problemas, los
enfrentamos con valentía y si se puede con alegría también.
– Ese era el secreto… -dijo otro vecino tomándose la cabeza.
– Secreto ninguno – corrigió Juan- en todo caso un tesoro y
de los más valiosos.
No siempre es fácil transmitir la fe a los demás, pues es
algo que se siente muy dentro del corazón, pero digamos que se puede contagiar.
El ejemplo de Juan enseñó a muchos en el pueblo y en las
siguientes inundaciones todos se veían igual de empapados y agotados, pero más
de uno tenía una hermosa sonrisa para estrenar en su cara.